Inteligencia Artificial

La Inteligencia Artificial y el futuro de la humanidad.

Robot representando la Inteligencia artificial

El término «Inteligencia Artificial», definido como «la disciplina científica dedicada a la construcción de máquinas inteligentes», fue acuñado en 1956 por John McCarthy, un prolífico ingeniero informático y científico cognitivo que también fue galardonado con el Premio Turing. El premio lleva el nombre del pionero británico del mismo nombre, y se estableció para celebrar las contribuciones significativas en el campo de la computación teórica y la inteligencia artificial.

Después de completar su misión secreta en Bletchley Park, Alan Turing escribió: «Me propongo considerar la pregunta: ¿pueden las máquinas pensar?»; y este artículo suyo sigue siendo la base de gran parte del debate conocido como la filosofía de la inteligencia artificial.

La aparente simplicidad de la cuestión todavía tiene profundas implicaciones ético-morales tanto para la ciencia como para la sociedad. Ontológicamente, estas implicaciones pueden encontrar respuestas parciales dentro de numerosas implicaciones prácticas presentes tanto en la informática teórica como en la ciencia de la información; sin embargo, creo que el aspecto más intrigante de esta ponderación está relacionado con el concepto filosófico de la mente artificial, y lo que se deriva de ella.

La proposición «cogito ergo sum»

acuñada por Descartes es un elemento fundamental de la filosofía occidental, concebida de tal manera que constituye una de las bases de todo el conocimiento moderno; desde este punto de vista, cuando las máquinas sean capaces de pensar, se convertirán en entidades con subjetividad real – o más precisamente, pasarán de ser simples autómatas, a verdaderos «seres pensantes». Sin embargo, la trama se complica mientras intento aclarar más este concepto.

La definición de «ser»

es una noción expansiva que ha demostrado ser fugaz y controvertida a lo largo de la historia de la filosofía, desde las escuelas occidentales de pensamiento de los pre-socráticos hasta las contribuciones más destacadas de las grandes mentes contemporáneas. Sin embargo, la definición de «pensamiento» es, si es posible, aún más difícil. Aunque ha resultado difícil para la ciencia dar una definición exacta del término, la filosofía moderna ha inferido al menos dos interpretaciones distintas de la pregunta originalmente propuesta por Alan Turing: 1) ¿puede una máquina ser inteligente, es decir, puede ser capaz de resolver todos los problemas que los seres humanos resuelven usando su inteligencia? 2) ¿Es posible construir una máquina dotada de una mente concreta, de manera que pueda adquirir la experiencia de una conciencia subjetiva a lo largo de su vida?

La primera interpretación

inferida proporcionó a la ciencia una definición formal de las clases de equivalencia de resultados utilizadas para calificar el desempeño de la inteligencia artificial, incluso si éstas utilizan nombres perturbadores como: óptima, superhumana, parahumana e infrahumana. Pero incluso antes de la adopción de estas definiciones formales, Alan Turing llegó a la idea de tener que derivar una prueba para medir la capacidad de una máquina para exhibir un comportamiento inteligente equivalente – o más propiamente indistinguible – del de un ser humano. Así que reexaminó su pregunta original, reformulándola finalmente en una clave equivalente: «¿es posible imaginar ordenadores digitales que puedan conseguir excelentes resultados en el juego de la emulación? A esta pregunta fue posible dar una respuesta verificable con la ayuda del método científico, y todo esto mientras Turing estaba al mismo tiempo ocupado defendiendo sus declaraciones de las objeciones más relevantes sobre el argumento de que las máquinas podrían pensar en el futuro.

La segunda interpretación

en cambio, es de tal importancia que incluso fue necesario acuñar un nuevo término para cristalizar su explicación: la inteligencia sintética. Este término tenía por objeto subrayar que la inteligencia de las máquinas no era necesariamente una imitación de la inteligencia humana, ni algo imprecisamente artificial: en cambio, debía considerarse como una forma de inteligencia totalmente alternativa. En este contexto, el término «sintético» hace hincapié en lo que se produce mediante la síntesis, es decir, combinando partes para componer un entero; una versión que es artificial en contraposición a lo que es natural, pero no necesariamente diseñada para imitar algo.

La existencia de una inteligencia artificial parahumana u óptima sigue planteando cuestiones de carácter ético-social a las que es difícil dar una respuesta definitiva. Por ejemplo, cuando generalmente hablamos de inteligencia artificial, casi siempre nos referimos a «computadoras parlantes»; la mayoría de los investigadores en este campo no se centran en absoluto en la creación de conversadores hábiles, sino en el desarrollo de ingeniosas plataformas distribuidas que puedan simplificar nuestras vidas. El futuro momento histórico conocido como «singularidad» – el que denotará el advenimiento de una inteligencia artificial sobrehumana – sigue siendo una utopía, y la investigación de vanguardia en este campo no se centra en este objetivo. Aunque sin duda la informática ya está haciendo contribuciones muy significativas en este campo, todavía no se han producido mejoras sustanciales para la sociedad: la piedra todavía está en bruto.

La Inteligencia Artificial en el cine

Todavía estamos muy lejos de tener la capacidad de crear incluso una mente sintética esencial, y más aún de la aparición espontánea de máquinas de plena conciencia. No obstante, el lado más oscuro de las posibles repercusiones de la inteligencia artificial en la sociedad ha oscurecido toda la ficción moderna en la cultura popular de una manera sustancialmente más significativa que sus aspectos más brillantes: por ejemplo, pensemos en la computadora sensible HAL 9000 en «2001: una odisea del espacio» de Stanley Kubrick, o en el personaje de Arnold Schwarzenegger en la serie de películas «Terminator». ¿Es esta narración la razón por la que el miedo es el sentimiento dominante que se nutre de la inteligencia artificial? ¿O se debe más simplemente a nuestro miedo innato ante lo desconocido, como expresión de una forma primordial de autodefensa? ¿Podremos alguna vez manejar totalmente las máquinas sensibles con inteligencia sobrehumana? Pero sobre todo, cuando éstos finalmente desarrollen una conciencia real, ¿podrán entonces aprender a operar de forma autónoma?

La Inteligencia Artificial y la ética

Desde los tiempos de los antiguos griegos, la bondad siempre se ha considerado una parte de la Virtud, entendida como una obligación hacia los demás: ¿cómo cambiará el curso de nuestra historia si las máquinas se centran exclusivamente en su supervivencia, nuestra explotación y la codicia? ¿Repudiarán las difíciles empresas intelectuales como la mejora interior, y en su lugar se fijarán el objetivo exclusivo de poner en práctica un instinto egoísta de autoconservación, mientras que al mismo tiempo logran destruir tanto el mundo como la civilización de un solo golpe, mientras que las máquinas se empeñarán en ejecutar este plan banal suyo? Si no conseguimos proporcionar una guía moral para el desarrollo de la inteligencia artificial, la peor hipótesis de la que hacen alarde los fatalistas modernos podría entonces ser comparable al temido -y ampliamente esperado- fin del mundo.

Sería tautológico subrayar ahora cómo no se trata en absoluto de proporcionar una discusión exhaustiva de todos los desafíos ético-morales que la investigación en este campo puede presentar al circuito socio-científico: creo en cambio que la inteligencia artificial es sólo una «herramienta» a nuestra disposición, una oportunidad considerable para ser explotada y perfeccionada con una infinidad de investigaciones y desarrollos altamente innovadores.

La inteligencia artificial no es en sí misma ni benévola ni mala: es nuestro deber moral asegurarnos de que el uso de esta «herramienta» se canalice exclusivamente hacia el arduo camino que conduce directamente al servicio, y al bien supremo, de toda la Humanidad. Este último concepto es a la vez uno de los principios fundamentales de las asociaciones iniciáticas y un desafío de una magnitud comparable a la que la sociedad ya ha enfrentado y superado con éxito en el pasado, en el contexto de la amenaza de nuestra aniquilación mundial total que se materializó tras el descubrimiento de la radiactividad, y su posterior explotación por su inmenso e intrínseco potencial bélico.

¿Pero cómo sería posible dejar de lado los aspectos constructivos de este asunto? ¿Qué sucedería si la inteligencia artificial nos ayudara a poner en práctica la erradicación de la guerra, la enfermedad y la pobreza? Después de todo, la sociedad se ha beneficiado incesantemente – al menos desde el siglo XIX – de los avances regulares que ha traído la concertación de los descubrimientos científicos y la innovación. Y la mayoría está de acuerdo en que la evolución científica comenzó realmente con los alquimistas, cuyos audaces experimentos llevaron al descubrimiento de muchos de los elementos fundamentales de la materia: fueron ellos los que entonces allanaron el camino para los primeros químicos y la consecuente vocación de descubrir de qué estaba realmente hecho el mundo. Esta vocación les llevó posteriormente a la división de los elementos y al establecimiento de un orden entre el aparente caos de la materia; un esfuerzo que culminó gradualmente en una de las más brillantes creaciones de nuestro ingenio: la tabla periódica.

Desde La tabla periódica

la ciencia ha rechazado los dogmas, ha aplicado su método y ha logrado el ambicioso objetivo de utilizar el orden de los elementos para la construcción del mundo moderno, gestionando los elementos fundamentales a voluntad. Pero ahora que la ciencia está tratando de desarrollar ensamblajes sintéticos con los bloques elementales de la vida, se han alzado voces para acusarla de jugar a ser «Dios»; pero cuando la ciencia ha logrado finalmente su intención de crear nuevos «seres» -aunque sólo sean máquinas sensibles y no entidades biológicas reales- ¿podríamos entonces finalmente presumir de haber dado el siguiente paso, es decir, de haber logrado convertirnos en «Dios»? Y con el apoyo de la inteligencia artificial, ¿podremos entonces pasar de una sociedad «perfectible» a una «perfecta»?

En la actualidad

Hoy en día, las consideraciones tácticas sobre la inteligencia artificial se refieren principalmente a quién será capaz de controlarla; pero las consideraciones estratégicas más importantes dependerán exclusivamente de si la inteligencia artificial puede realmente ser controlada. Las máquinas sensibles podrían ser uno de los mayores éxitos de toda la humanidad, aunque los fatalistas se oponen a que sea el último; la singularidad podría representar tanto la apoteosis como el fracaso de nuestra sociedad: ¿no sería apropiado dedicar más esfuerzos a la investigación necesaria para evaluar su posible impacto en este momento? ¿Y si estamos al borde de otra iluminación, pero esta vez asistidos por inteligencias superiores?

Y esta versión de los hechos está aún lejos de haber sido escrita: el fugaz vistazo que hemos dado a los más exóticos puestos de avanzada de la inteligencia sintética y artificial nos proporciona nada más que una muestra de lo que esta disciplina podría revelarnos un día en términos de su inimaginable e inimaginable potencial para mejorar la ciencia, la sociedad y el mundo entero. Y es en este punto en el que los científicos tendrán que concentrarse ahora, para revelar los secretos que hasta ahora nuestras mentes se han negado a conceder.

Lo que lo hace atractivo es que nadie sabe aún cómo terminará esta historia…

El término «Inteligencia Artificial», definido como «la disciplina científica dedicada a la construcción de máquinas inteligentes», fue acuñado en 1956 por John McCarthy, un prolífico ingeniero informático y científico cognitivo que también fue galardonado con el Premio Turing. El premio lleva el nombre del pionero británico del mismo nombre, y se estableció para celebrar las contribuciones significativas en el campo de la computación teórica y la inteligencia artificial.

Después de completar su misión secreta en Bletchley Park, Alan Turing escribió: «Me propongo considerar la pregunta: ¿pueden las máquinas pensar?»; y este artículo suyo sigue siendo la base de gran parte del debate conocido como la filosofía de la inteligencia artificial. La aparente simplicidad de la cuestión todavía tiene profundas implicaciones ético-morales tanto para la ciencia como para la sociedad. Ontológicamente, estas implicaciones pueden encontrar respuestas parciales dentro de numerosas implicaciones prácticas presentes tanto en la informática teórica como en la ciencia de la información; sin embargo, creo que el aspecto más intrigante de esta ponderación está relacionado con el concepto filosófico de la mente artificial, y lo que se deriva de ella.

La proposición «cogito ergo sum»

acuñada por Descartes es un elemento fundamental de la filosofía occidental, concebida de tal manera que constituye una de las bases de todo el conocimiento moderno; desde este punto de vista, cuando las máquinas sean capaces de pensar, se convertirán en entidades con subjetividad real – o más precisamente, pasarán de ser simples autómatas, a verdaderos «seres pensantes». Sin embargo, la trama se complica mientras intento aclarar más este concepto.

La definición de «ser»

es una noción expansiva que ha demostrado ser fugaz y controvertida a lo largo de la historia de la filosofía, desde las escuelas occidentales de pensamiento de los pre-socráticos hasta las contribuciones más destacadas de las grandes mentes contemporáneas. Sin embargo, la definición de «pensamiento» es, si es posible, aún más difícil. Aunque ha resultado difícil para la ciencia dar una definición exacta del término, la filosofía moderna ha inferido al menos dos interpretaciones distintas de la pregunta originalmente propuesta por Alan Turing: 1) ¿puede una máquina ser inteligente, es decir, puede ser capaz de resolver todos los problemas que los seres humanos resuelven usando su inteligencia? 2) ¿Es posible construir una máquina dotada de una mente concreta, de manera que pueda adquirir la experiencia de una conciencia subjetiva a lo largo de su vida?

La primera interpretación

inferida proporcionó a la ciencia una definición formal de las clases de equivalencia de resultados utilizadas para calificar el desempeño de la inteligencia artificial, incluso si éstas utilizan nombres perturbadores como: óptima, superhumana, parahumana e infrahumana. Pero incluso antes de la adopción de estas definiciones formales, Alan Turing llegó a la idea de tener que derivar una prueba para medir la capacidad de una máquina para exhibir un comportamiento inteligente equivalente – o más propiamente indistinguible – del de un ser humano. Así que reexaminó su pregunta original, reformulándola finalmente en una clave equivalente: «¿es posible imaginar ordenadores digitales que puedan conseguir excelentes resultados en el juego de la emulación? A esta pregunta fue posible dar una respuesta verificable con la ayuda del método científico, y todo esto mientras Turing estaba al mismo tiempo ocupado defendiendo sus declaraciones de las objeciones más relevantes sobre el argumento de que las máquinas podrían pensar en el futuro.

La segunda interpretación

en cambio, es de tal importancia que incluso fue necesario acuñar un nuevo término para cristalizar su explicación: la inteligencia sintética. Este término tenía por objeto subrayar que la inteligencia de las máquinas no era necesariamente una imitación de la inteligencia humana, ni algo imprecisamente artificial: en cambio, debía considerarse como una forma de inteligencia totalmente alternativa. En este contexto, el término «sintético» hace hincapié en lo que se produce mediante la síntesis, es decir, combinando partes para componer un entero; una versión que es artificial en contraposición a lo que es natural, pero no necesariamente diseñada para imitar algo.

La existencia de una inteligencia artificial parahumana u óptima sigue planteando cuestiones de carácter ético-social a las que es difícil dar una respuesta definitiva. Por ejemplo, cuando generalmente hablamos de inteligencia artificial, casi siempre nos referimos a «computadoras parlantes»; la mayoría de los investigadores en este campo no se centran en absoluto en la creación de conversadores hábiles, sino en el desarrollo de ingeniosas plataformas distribuidas que puedan simplificar nuestras vidas. El futuro momento histórico conocido como «singularidad» – el que denotará el advenimiento de una inteligencia artificial sobrehumana – sigue siendo una utopía, y la investigación de vanguardia en este campo no se centra en este objetivo. Aunque sin duda la informática ya está haciendo contribuciones muy significativas en este campo, todavía no se han producido mejoras sustanciales para la sociedad: la piedra todavía está en bruto.

La Inteligencia Artificial en el cine

Todavía estamos muy lejos de tener la capacidad de crear incluso una mente sintética esencial, y más aún de la aparición espontánea de máquinas de plena conciencia. No obstante, el lado más oscuro de las posibles repercusiones de la inteligencia artificial en la sociedad ha oscurecido toda la ficción moderna en la cultura popular de una manera sustancialmente más significativa que sus aspectos más brillantes: por ejemplo, pensemos en la computadora sensible HAL 9000 en «2001: una odisea del espacio» de Stanley Kubrick, o en el personaje de Arnold Schwarzenegger en la serie de películas «Terminator». ¿Es esta narración la razón por la que el miedo es el sentimiento dominante que se nutre de la inteligencia artificial? ¿O se debe más simplemente a nuestro miedo innato ante lo desconocido, como expresión de una forma primordial de autodefensa? ¿Podremos alguna vez manejar totalmente las máquinas sensibles con inteligencia sobrehumana? Pero sobre todo, cuando éstos finalmente desarrollen una conciencia real, ¿podrán entonces aprender a operar de forma autónoma?

La Inteligencia Artificial y la ética

Desde los tiempos de los antiguos griegos, la bondad siempre se ha considerado una parte de la Virtud, entendida como una obligación hacia los demás: ¿cómo cambiará el curso de nuestra historia si las máquinas se centran exclusivamente en su supervivencia, nuestra explotación y la codicia? ¿Repudiarán las difíciles empresas intelectuales como la mejora interior, y en su lugar se fijarán el objetivo exclusivo de poner en práctica un instinto egoísta de autoconservación, mientras que al mismo tiempo logran destruir tanto el mundo como la civilización de un solo golpe, mientras que las máquinas se empeñarán en ejecutar este plan banal suyo? Si no conseguimos proporcionar una guía moral para el desarrollo de la inteligencia artificial, la peor hipótesis de la que hacen alarde los fatalistas modernos podría entonces ser comparable al temido -y ampliamente esperado- fin del mundo.

Sería tautológico subrayar ahora cómo no se trata en absoluto de proporcionar una discusión exhaustiva de todos los desafíos ético-morales que la investigación en este campo puede presentar al circuito socio-científico: creo en cambio que la inteligencia artificial es sólo una «herramienta» a nuestra disposición, una oportunidad considerable para ser explotada y perfeccionada con una infinidad de investigaciones y desarrollos altamente innovadores.

La inteligencia artificial no es en sí misma ni benévola ni mala: es nuestro deber moral asegurarnos de que el uso de esta «herramienta» se canalice exclusivamente hacia el arduo camino que conduce directamente al servicio, y al bien supremo, de toda la Humanidad. Este último concepto es a la vez uno de los principios fundamentales de las asociaciones iniciáticas y un desafío de una magnitud comparable a la que la sociedad ya ha enfrentado y superado con éxito en el pasado, en el contexto de la amenaza de nuestra aniquilación mundial total que se materializó tras el descubrimiento de la radiactividad, y su posterior explotación por su inmenso e intrínseco potencial bélico.

¿Pero cómo sería posible dejar de lado los aspectos constructivos de este asunto? ¿Qué sucedería si la inteligencia artificial nos ayudara a poner en práctica la erradicación de la guerra, la enfermedad y la pobreza? Después de todo, la sociedad se ha beneficiado incesantemente – al menos desde el siglo XIX – de los avances regulares que ha traído la concertación de los descubrimientos científicos y la innovación. Y la mayoría está de acuerdo en que la evolución científica comenzó realmente con los alquimistas, cuyos audaces experimentos llevaron al descubrimiento de muchos de los elementos fundamentales de la materia: fueron ellos los que entonces allanaron el camino para los primeros químicos y la consecuente vocación de descubrir de qué estaba realmente hecho el mundo. Esta vocación les llevó posteriormente a la división de los elementos y al establecimiento de un orden entre el aparente caos de la materia; un esfuerzo que culminó gradualmente en una de las más brillantes creaciones de nuestro ingenio: la tabla periódica.

Desde La tabla periódica

la ciencia ha rechazado los dogmas, ha aplicado su método y ha logrado el ambicioso objetivo de utilizar el orden de los elementos para la construcción del mundo moderno, gestionando los elementos fundamentales a voluntad. Pero ahora que la ciencia está tratando de desarrollar ensamblajes sintéticos con los bloques elementales de la vida, se han alzado voces para acusarla de jugar a ser «Dios»; pero cuando la ciencia ha logrado finalmente su intención de crear nuevos «seres» -aunque sólo sean máquinas sensibles y no entidades biológicas reales- ¿podríamos entonces finalmente presumir de haber dado el siguiente paso, es decir, de haber logrado convertirnos en «Dios»? Y con el apoyo de la inteligencia artificial, ¿podremos entonces pasar de una sociedad «perfectible» a una «perfecta»?

En la actualidad

Hoy en día, las consideraciones tácticas sobre la inteligencia artificial se refieren principalmente a quién será capaz de controlarla; pero las consideraciones estratégicas más importantes dependerán exclusivamente de si la inteligencia artificial puede realmente ser controlada. Las máquinas sensibles podrían ser uno de los mayores éxitos de toda la humanidad, aunque los fatalistas se oponen a que sea el último; la singularidad podría representar tanto la apoteosis como el fracaso de nuestra sociedad: ¿no sería apropiado dedicar más esfuerzos a la investigación necesaria para evaluar su posible impacto en este momento? ¿Y si estamos al borde de otra iluminación, pero esta vez asistidos por inteligencias superiores?

Y esta versión de los hechos está aún lejos de haber sido escrita: el fugaz vistazo que hemos dado a los más exóticos puestos de avanzada de la inteligencia sintética y artificial nos proporciona nada más que una muestra de lo que esta disciplina podría revelarnos un día en términos de su inimaginable e inimaginable potencial para mejorar la ciencia, la sociedad y el mundo entero. Y es en este punto en el que los científicos tendrán que concentrarse ahora, para revelar los secretos que hasta ahora nuestras mentes se han negado a conceder.

Lo que lo hace atractivo es que nadie sabe aún cómo terminará esta historia…

¿Qué es la Inbteligencia artificial?

Video del canal de EL Mundo

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